La noche es cruel. No te deja en paz, no permite que tú te perdones ni que perdones nada, no . Es larga, interminable. No te deja sino pensar, una y otra vez, lo peor, todo lo que traes dentro. No sabe que hay otros momentos del día donde puedes funcionar mejor. No, todo tiene que ser ahora. El tormento debe ser nocturno, justo cuando debes descansar. La rabia, la preocupación, la ansiedad, la tristeza, son sentimientos de la noche, no tuyos. Ella los transmite con su oscuridad infranqueable, con su frío espeso los pone sobre tu cabeza hasta que te pesan tanto que no los puedes ignorar, hasta que abres los ojos y te quedas viendo al techo, culpable. Algo está mal, sientes, aunque no sea así. Algo no hice bien. Y ahora qué debo hacer.
Y así vas entrando en un laberinto, en un abismo cada vez más profundo, donde llega un momento en el que, por gracia, duermes.
Al despertar es de día, todos los demonios se fueron. Eres ligero. Los enojos, las tristezas, las angustias parecen nunca haber existido, y el sol ilumina a sabios, tontos, ricos, pobres, santos, malditos, felices y desahuciados por igual. Para todos es lo mismo, sin importar qué hayas hecho, sin importar de qué te haya acusado la inquisitoria noche. La mañana todo lo perdona.


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