martes, 4 de noviembre de 2008

Las intermitencias de la muerte

No me ha ido que digamos "bien". El jueves pasado choqué. El problema no fue que choqué, ya que mi choque no fue fuerte; el problema fue que dos segundos después de que choqué, me chocaron por detrás, y tómala, quédate sin coche como tres semanas y con un esgunice de segundo grado en el esternocleidomastoideo (así se llama), o en otras palabras, el lado izquierdo de mi cuello.

Para acabarla me quedé sin trabajo. Ahora soy una vaga sin mucho qué hacer más que quejarme de que me duele el cuello, traumarme por el damned collarín e intentar conseguir trabajo de nuevo. Necesito dinero.

Pero bueno, dentro de la agenda tan apretada que deja mi vagancia, me di el tiempo de participar en la ofrenda de muertos de mi casa.

A Armando le pusimos algunas de las cosas que le gustaba comer hasta hace un par de semanas: salchichas hervidas, jamón endiablado, mejillones, abulón, papas con limón, arroz con limón (es más, cualquier cosa con limón) y su cerveza Pacífico. Todo estuvo ahí el 2 de noviembre. El 3, mis hermanos y yo nos comimos todo poquito a poquito. Qué rico. A mi primo y a mi abuelo (quienes compartieron ofrenda) les gustaban las buenas cosas... qué lindo sería que de veras los muertos bajaran (o subieran o yo qué se) aunque sea un vez al año a degustar lo que sus parientes les prepararon con tanta devoción, casi olvidando que los muertos, por muy jóvenes o recientes que sean, ya no están, y aún si estuvieran, ya no pueden sentir. El cuerpo de Armando ya es cenizas, al igual que desde hace diez años lo es el di mi abuelo, Armando también. Las cenizas no sienten.

¿A dónde van los muertos? No puede ser que desaparezcan así como así, que dejen de existir por completo. Que un día existan y al otro no. No son enchiladas, son personas. Personas que pensaban, que reían, que tenían planes, que tenían futuro. Chale, yo me niego a pensar que mi primo se acabó para siempre. Tiene que haber un más allá, un lugar en el que su existencia, de alguna forma, continúe. No puedo dejar de pensar en él. ¿Habrá presentido algo? ¿Cómo pasó la noche del 16 de octubre? ¿Estaría inquieto sin saber por qué? ¿Durmió bien? ¿Tenía planes con sus amigos para ese fin de semana? ¿Quedó de hablarle a alguien y se dijo "le hablo llegando a La Paz"? ¿Se quedó con ganas de decirle algo a alguien? Las muertes repentinas siempre serán más inquietantes. Armando murió de un momento a otro, haciendo algo que para él era rutina. Supongo que no se lo imaginó. De verdad espero que esté en un lugar mejor.

Sin embargo, entre todo el desmadre que traigo en la cabeza, le encontré una utilidad práctica a la religión: los rezos, misas y rosarios para los muertos son rituales catárticos. Entre más rezo por mi primo, más voy a misas, etc., más tranquila me siento. Siento que estoy haciendo algo, que para algo sirvo, que puedo ayudarlo aunque ya esté muerto. Tal vez esa sea su función, tal vez de ahí surgió la religión: de las personas vivas que se negaban a que ahí terminaran para siempre sus seres queridos y de su frustración al no poder hacer nada al respecto. Vas quemando la impotencia rosario a rosario, vas aliviándote sabiendo que ayudaste a que su alma descanse en paz. Acabando los nueve días, esperar 31 más para la misa de los cuarenta días, y luego al año... y luego, cada dos de noviembre, poner sobre la mesa lo que más les gustaba comer para que nunca se nos olvide que una vez él estuvo entre nosotros, que era como yo o como tú, que le gustaba tal o cual cerveza o tales papas, y que para allá, para donde está él, vamos todos.

No hay comentarios.: